Un implante casi nunca falla sin avisar. La primera señal es el sangrado al limpiar a su alrededor, el momento en que el tratamiento es fácil y casi siempre funciona.
Un implante casi nunca falla sin avisar, y la señal más temprana es el sangrado al limpiar a su alrededor. Después, en orden aproximado: enrojecimiento en el cuello, mal sabor o mal olor que vuelve poco después del cepillado, una bolsa que se profundiza y que el dentista mide, retracción de la encía que deja el metal a la vista, una molestia leve al masticar y, por último, movimiento de la corona. Solo la última es una urgencia, y la primera es el momento en que el tratamiento es fácil y casi siempre funciona.
Una encía que sangra alrededor de un implante sin pérdida ósea en la radiografía es mucositis periimplantaria, y revierte con limpieza y mejor técnica en casa, igual que una gingivitis en un diente natural. En cuanto la radiografía muestra pérdida ósea a lo largo del implante es periimplantitis, y ese hueso no vuelve por sí solo. Esa distinción es toda la razón de hacer una radiografía anual a un implante que se nota perfectamente bien: sin ella las dos cosas parecen idénticas.
Los casos iniciales se tratan sin cirugía: desbridamiento mecánico con instrumental que no raya el titanio, descontaminación de las espiras expuestas, una pauta antiséptica corta y una revisión a las seis u ocho semanas. Los casos avanzados exigen levantar un colgajo para limpiar bajo visión directa y a veces un injerto regenerativo; nuestro programa de tratamiento de encías parte de 250 €. Cuando más de la mitad del implante ha perdido su soporte óseo, retirarlo y colocar uno nuevo tras la cicatrización da mejor resultado a largo plazo que intentar salvarlo.
Tres grupos concentran la mayoría de los casos: los fumadores, quienes perdieron sus propios dientes por periodontitis y los pacientes cuya corona se cementó dejando exceso de cemento en el surco. El primero es una elección, el segundo exige mantenimiento trimestral de por vida y el tercero es un error técnico que se evita con coronas atornilladas o una cementación cuidadosa. La prevención es aburrida y eficaz: cepillo interdental a diario y una revisión profesional cada seis meses.
Normalmente no hasta que está avanzada, y eso es justo lo que la hace peligrosa. El sangrado al limpiar es la señal para actuar; el dolor y la movilidad llegan solo cuando ya se ha ido la mayor parte del hueso de soporte.
Normalmente sí. La zona se limpia, se injerta si hace falta y se deja cicatrizar de tres a seis meses antes de poner uno nuevo, a menudo más ancho que el implante que falló.