La comida deja de ser una herramienta para afrontar la vida de un día para otro. Las relaciones cambian. La imagen corporal va por detrás del espejo un año o más.
Para muchos pacientes la comida gestionó el estrés durante décadas. Tras la cirugía esa opción queda físicamente eliminada, y lo que gestionaba sigue ahí. Reconocerlo por adelantado protege; descubrirlo en el cuarto mes, no.
Una minoría de pacientes desarrolla nuevas dependencias, sobre todo del alcohol — que tras un bypass se absorbe más rápido y se tolera peor. El cribado y una conversación honesta antes de la cirugía reducen mucho ese riesgo.
La atención de desconocidos, el cambio de dinámica con la pareja y los comentarios de la familia son frecuentes y rara vez se prevén. Algunas relaciones se refuerzan; otras no sobreviven al cambio de la persona en torno a la que se formaron.
Los pacientes describen a menudo que un año después siguen «sintiendo» su talla antigua, o que les angustia una piel sobrante que no habían imaginado. El apoyo psicológico forma parte de una buena atención bariátrica — no es señal de que algo haya salido mal.
Incluimos un cribado preoperatorio y podemos organizar sesiones de terapia. También rechazamos operar cuando se detecta un trastorno alimentario sin tratar — es un deber clínico, no un rechazo.